25.9.14

Él y ella se conocieron una vez, en un lugar, hace unos años.
Ellos, se enamoraron, y se enlazaron fuerte entre sí como un ovillo de lana muy apretado.
Desde que sus ojos se encontraron con el corazón del otro, los gatitos juguetones que andan siempre dando vueltas empezaron a acercarse. Discusiones, llantos, problemas con garras afiladas, fueron tironeando de la lana, hasta que un día desarmaron todo el ovillo (que era de color rojo, por cierto).

Pasó el tiempo, y él y ella se reencontraron. Él llevaba una vida tranquila, no muy diferente a la que tenía cuando se habían visto por última vez; ella en cambio arrastraba un nuevo desamor y tenía la cabeza llena de planes a  concretar en un futuro próximo. 
Ambos se sentían extraños en presencia del otro.
Él le confesó que con ella había sido realmente feliz y que sentía que ambos, juntos, habían sido una unión perfecta, le dijo que no se había podido volver a enamorar. Ella, que lo había amado profundamente, ahora lloraba por alguien más, y se sintió confundida por estas palabras, lo alejó a él con otras, mientras anhelaba en secreto que la invite a dormir abrazados. La confianza estaba ahí, los acercaba; pero el tumulto del mundo que pasó corriendo dentro y fuera de ellos desde que vinieron los gatitos los volvió a alejar.

Pasaron algunos meses, cuando una noche de verano ella lo soñó y se despertó conmocionada. A ese sueño le siguieron días enteros de recuerdos y, no teniendo nada más que perder, le confesó que lo extrañaba y que sentía el amor a flor de piel. Él pensó que ella estaba desesperada y triste y acudía a él para consolarse. Le dijo que lo que se habían dicho la última vez que se reencontraron había sido un malentendido. 
Esa fue la última vez que hablaron hasta el día de hoy.

Él ya no la extraña. Fue feliz con ella y se sentía perfecto, y es así como la guardó en una cajita dorada con recuerdos de arco iris y brillantina.

Ella no se sentía perfecta, nunca puede, porque vive llena de dudas. Con él, fue la mujer más feliz que conoció viviendo en su propio cuerpo. De vez en cuando se acuerda de él y llora, quiere abrazarlo, quiere volver a enamorarse con él y vivir felices por siempre. 

[Es algo de las luchadoras, pienso, correr a los sueños. Es fácil alcanzar los que dependen de una misma, y por eso mismo es tan difícil aceptar que hay ilusiones imposibles de concretar.] 

Así es que ella sigue recordándolo como un gran amor, y sigue imaginando que algún día se vuelven a encontrar y se aman de nuevo, aunque la evidencia diga lo contrario. Aunque la evidencia diga lo contrario.

24.9.14

¿Poder decir adiós es crecer? Poder salir corriendo de un homicidio sin que me atrapen nunca es crecer. Poder prenderte fuego mientras te digo: Chau (: y que nunca, nunca te encuentren.